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“Esa quebrada la hicimos nosotros”

Roberto Chavarro Chávarro se toma su tiempo para caminar por el bosque. Aunque lo hace casi todos los días de la vida, siempre está dispuesto a dejarse sorprender por el tímido cogollo de la bromelia, el andar imperceptible de la mantis o el sostenido aleteo de un colibrí con charreteras azules.

La bromelia tomó la decisión de prosperar, sabe que se encuentra en un lugar seguro. La mantis hace lo propio, aquí están dadas todas las condiciones para que ella y otros insectos puedan crecer, reproducirse y morir. Ese al fin y al cabo es el ciclo natural de su existencia. El colibrí, veloz y presumido, atrapa un insecto pequeño, escondido en una flor, y en un suspiro vuela raudo a extraer el néctar de una flor de abutilón.

Por eso, para no perderse ningún detalle, Chavarro recorre desde muy temprano, sin premura, cada una de las 29 hectáreas de lo que hoy se conoce como Rogitama, una reserva natural situada en la vereda Peñas Blancas, a siete kilómetros de Arcabuco, en el departamento de Boyacá.

Esta zona se caracteriza por su pluviosidad y mientras lo acompaño en el recorrido el sol empieza a despuntar en el horizonte.

En ese mismo instante el rocío se desprende de las hojas de los árboles y rueda por el suelo empapándolo todo.

A esa hora de la mañana el olor del bosque es muy particular y trato de respirar profundo para poder retenerlo. Huele a flores frescas, a tierra mojada, a pino; es un olor frío que produce alergia y me provoca estornudos. Cuando lo hago dos mirlos que estaban chupando del néctar de una flor salen despavoridos.

La humedad no es relativa, es evidente, tanto que mis botas se hunden en algunos tramos del sendero y debo halarlas para desenterrarlas. Él me espera con paciencia y una vez superado el impase seguimos con la travesía.

También anota en su libreta datos que le puedan ser útiles. Lo hace con el cuidado y la dedicación propios de un naturalista experimentado.

Roberto Chavarro Chávarro nació en El Agrado, Huila, hace 71 años. Como la mayoría de sus paisanos es un hombre reposado y reflexivo. Su aspecto es el de un explorador pues  generalmente viste con jeans y botas pantaneras. Su cabello cano contrasta con el azul claro de sus ojos y sus manos pequeñas reflejan la rudeza de las labores del campo. Su expresión es vivaz como la de un niño que siempre va en busca de una aventura.

Es un obsesionado por registrar imágenes de insectos, aves, plantas y hongos. En sus caminatas por la reserva se hace acompañar de su cámara fotográfica. También anota en su libreta datos que le puedan ser útiles. Lo hace con el cuidado y la dedicación propios de un naturalista experimentado.

Durante el paseo matutino pasamos muy cerca a un bosque de robles. “Este es un Quercus humboldtii”, me dice con mucha seguridad. Yo asentí con timidez y con respeto para disimular mi ignorancia. En otra ocasión me habló del Coeligena prunellei y al percibir que no tenía idea del término me explicó que se trataba de un colibrí en peligro de extinción.

En los textos que ha escrito sobre su reserva también se advierte su familiaridad con términos científicos para referirse a plantas, aves o insectos. Cuando le aplaudo su conocimiento sobre todas las especies presentes en el bosque, exhibe una característica muy propia de quien no busca vanagloriarse: la humildad.

“Lo que he aprendido es gracias a los amigos que me han visitado. A los profesores y estudiantes que llegan a realizar sus investigaciones, a los observadores de aves que cada año vienen a realizar los censos navideños. Todos ellos me han enseñado mucho”, dice Chavarro con la sencillez de quien siente haber hecho un trabajo honesto en beneficio de la humanidad.

El que no lo conozca podría pensar que se trata de un profesional en ornitología, en entomología o en botánica, pero no. Roberto Chavarro Chávarro es médico, médico anestesiólogo, pensionado del Hospital San Rafael de Tunja, que un buen día, hace algo más de 29 años, decidió hacer realidad su proyecto de vida: tener su propio bosque.

Todo empezó en un peladero

A Chavarro y a su esposa Ginette Tulcán, como buenos huilenses, les gustan los retos. En 1982, cuando se les metió en la cabeza la idea de comprar el terreno para su casa de campo estudiaron muchas alternativas. Después de algunas semanas Roberto se enamoró de cinco lotes que la Federación Nacional de Cultivadores de Cereales (Fenalce) tenía abandonados en el municipio de Arcabuco.

Eran literalmente unos peladeros. Las imágenes de la época muestran un terreno escarpado con escasa vegetación y evidentes señales de erosión, pero así y todo, Chavarro, su esposa y sus hijos consideraron que era el sitio perfecto para concretar su sueño.

A pesar del desolador panorama, producto de excesivo pastoreo de ganado y de la tala indiscriminada de árboles, se propuso hacer lo necesario para devolverle el equilibrio a la zona y procurar el restablecimiento de las manas que en otro tiempo se desprendían de la montaña.

Su primera misión consistió en buscar asesoría para recuperar el suelo. En el Instituto Nacional de Recursos Naturales (Inderena) le recomendaron sembrar especies exóticas para devolverle su condición natural. Casi de inmediato se dio a la tarea de plantar Pinus patula y Acacias melanoxilum, mearcy, decurrens y mollisima, apropiadas para restablecer la capa vegetal, prácticamente inexistente.

En ese empeño participó toda la familia. Hermanos, cuñados y amigos llegaron a colaborar. En las imágenes de la época se les ve como en convite. Hombres, mujeres y niños ataviados con ropa vieja y botas de caucho escarban la tierra para sembrar las plantas recomendadas con la esperanza de que un día, no muy lejano, del campo estéril brote la vida.

Las labores de restauración vegetal incluyeron un especial cuidado para el robledal y la siembra de árboles frutales y maderables en los linderos de la propiedad para conformar lo que los técnicos denominan cercas vivas.

Junto a los árboles también se fue levantando una casa de un piso y cuatro habitaciones. En las fotografías se aprecia la construcción en obra gris y a su alrededor algunos arbustos raquíticos que luchan por sobrevivir.

Esos retratos son testigos silenciosos de la transformación. Hoy, 29 años después, se aprecia un frondoso bosque en el que conviven imponentes pinos de 23 metros de altura junto a ejemplares nativos de arrayán, abutilón, mortiño, lulo, tinto, guayacán, guamo, uvo de anis, arboloco, caucho sabanero, cordoncillo, bromelias, sietecueros, tunos y robles.

La erosión, como la peste de la tierra, ha desaparecido y la casa, que se amplió para recibir a los visitantes y que antes dominaba el paisaje en aquel lote infecundo, fue ‘devorada’ por el verdor de la vegetación.

Es un verde especial, un verde variopinto matizado por las diversas tonalidades café: café oscuro, café achocolatado, café rojizo, café naranja, ese café que distingue a los árboles en pie y a los troncos que yacen sobre el suelo, esos mismos troncos que aquí, a pesar de descansar el sueño de los justos, generan vida gracias a su lenta descomposición.

Los árboles que acá mueren de viejos saben que no serán descuartizados por el crujir inmisericorde de una motosierra y convertidos en sillas. La suya será una ‘muerte dulce’. Felizmente, serán desintegrados por los microorganismos y transformados en abono y en capa vegetal que servirán para proteger el suelo de los rayos del sol.

Un ejemplo de restauración natural

Laura Díaz Otálora es bióloga de la Universidad Javeriana y actualmente coordina los procesos de planificación y seguimiento a las áreas protegidas que están dentro de la jurisdicción de la Corporación Autónoma Regional de Boyacá  (Corpoboyacá).

Desde su mirada de experta, Laura concluye que lo más interesante de Rogitama es la recuperación del territorio, la manera como se ha restablecido la vegetación nativa, particularmente el bosque de robles que en su momento el Inderena describió como “altamente intervenido y deteriorado”.

También llama la atención de expertos como Laura, la forma espontánea en que han reverdecido especies que prácticamente habían desaparecido por la devastación de los bosques. Hace algo más de cuarenta años, los árboles que poblaron este territorio fueron derribados para aprovechar su madera y los pocos que se habían desarrollado en las praderas fueron talados para darle paso al pastoreo de ganado y a los cultivos de pan coger.

“Los robles habían sido talados para convertirlos en leña para asar las almojábanas con el argumento de que sabían mejor”, escribió Chavarro en el primer número de la revista BV News, (octubre de 2009), una publicación digital especializada en noticias de biodiversidad.

El panorama era desolador, pero la restauración vegetal fue casi milagrosa, tanto que los conocedores de este tipo de procesos se sorprenden. Gustavo Morales, subdirector científico del Jardín Botánico José Celestino Mutis, de Bogotá, dijo en alguna ocasión refiriéndose al Quercus Humboldtii de Rogitama: “Es el bosque de roble mejor recuperado que conozco”.

Chavarro relata su hazaña como si fuera algo normal y su recuento incluye nombres de personas que han sido aliadas silenciosas de este proyecto de vida. Menciona, por ejemplo, a su esposa Ginette, a sus hijos Ginette Isabel, Jorge Tadeo y Marisol, y a otros miembros de la familia, quienes aportaron a través de la siembra de árboles, de la paciencia y del sacrificio.

“Era todo un festival ambiental. De lunes a viernes los obreros abrían los hoyos y entre sábados y domingos nosotros nos dedicábamos a sembrar los árboles”, dice con la satisfacción del deber cumplido mientras aprecia la frondosidad del bosque desde la terraza de su casa.

Tanto como valora la contribución de sus seres queridos, destaca  nombres como los de Jorge Iván Velásquez, Bernabé López Lanús, Gary Styles, Antonio Ordoñez Valverde, Rafael Figueroa Figueroa, Miguel Alberto Ceballos, Alirio Rodríguez, Miguel Arturo Rodríguez, Pablo Emilio Rodríguez Africano, Aurelio Ramos y Carlos Quevedo. Y aunque no llevan esa sangre recia que caracteriza a los opitas como él, sí los evoca con cariño por la generosidad que han demostrado a través de las investigaciones, las asesorías, las recomendaciones y los apoyos institucionales.

Velásquez, por ejemplo, era, cuando lo conoció, un estudiante de biología del Instituto de Ciencias Naturales de la Universidad Nacional que buscaba loros y que encontró en Rogitama al Coeligena Prunellei, una especie de colibrí presente en la reserva. Su hallazgo y el de otros como él ha permitido que este lugar sea visitado anualmente por nacionales y extranjeros que se dedican a la observación de aves.

En 1982, cuando empezó la revegetalización, Figueroa, que era el director regional del Inderena y Ceballos, director de Prideco, lo asesoraron para sembrar acacias, pinos pátula, eucaliptos y urapanes.

En las áreas donde se advertía con mayor fuerza la erosión y el suelo era prácticamente rocoso, conformó bosques con estas plántulas y para asegurar su progreso ‘importó’ la tierra. Aunque parezca descabellado así lo hizo.  La llevó desde el Alto de Zote, una zona de páramo localizada entre los municipios de Motavita y Cómbita, muy cerca de Tunja.

Para completar el experimento trajo hojarasca del bosque a la que le inoculó hongos y bacterias. A la tierra le añadió gallinaza de Piedecuesta, Santander, y cuando los arbustos estuvieron sembrados los regó con agua en la que antes se había disuelto tierra de unos pinares añejos.

En los potreros, y en el marco de un programa de silvopastoreo, sembró alisos con el propósito asegurarle sombra al ganado y de mejorar la calidad de los pastos. Todo este esfuerzo se vería recompensado en 1991, cuando Rogitama se hizo acreedora al Primer Premio Nacional de Agroforestería convocado por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y el Reino de Holanda.

No contento con lo alcanzado, Chavarrose dio a la tarea de transformar las cercas vivas en corredores biológicos, que en términos sencillos significa ampliar el espacio destinado a la conservación, lo que se refleja tanto en el crecimiento del bosque como en la presencia de aves e insectos.

Ellos han sido sus grandes aliados. “Al principio sólo nosotros sembrábamos plantas, pero ahora contamos también con la colaboración de las ardillas, los puerco espines, de otros mamíferos y de las mismas aves. Ellos contribuyen con semilleros que luego trasplantamos a sitios con menor densidad vegetal”.

Si uno quisiera definir a Chavarro en una palabra podría tratar de hacerlo a partir de adjetivos como persistente, perseverante, terco, porfiado. Desde hace algunos años está empeñado en sembrar plantas en vía de extinción y las palmas se han convertido en su obsesión.

Según sus averiguaciones, en el mundo existen once variedades de palma de cera, siete de ellas  en Colombia, todas en peligro de extinción, y su pretensión es tenerlas en los predios de Rogitama. Hoy sólo le faltan dos, la C. parvitrons y la C. vogelianum.

En este intento por hacer de la reserva un refugio de vegetación amenazada ha contado con aliados de primer orden como Gustavo Morales, del Jardín Botánico de Bogotá; Jorge Rozo Gualteros y Diego Duque Montoya, de Armenia; y Juan Lázaro Toro, de la Corporación Autónoma Regional de Antioquia (Corantioquia). Las palmas las ha traído de Quindío, Cundinamarca y la Sierra Nevada de Santa Marta.

Hasta esos lugares ha emprendido largos viajes para traer semillas o retoños siempre con la ‘complicidad’ de Ginette, su esposa; y de Ginnete Isabel, su hija menor, quienes gustosas lo acompañan en esos desplazamientos.

Su obstinación no tiene límites. Hace algún tiempo visitó varios viveros de Santander para conseguir semillas de mordoño, un árbol frutal que le daba nombre al sector donde está Rogitama y recuerda el episodio de la siguiente manera:

– Un buen día pregunté por qué esa zona se llamaba El Mordoñal y me respondieron: por los mordoños.

– Y qué son los mordoños, volví a preguntar.

– Es un árbol que produce unos zapotes muy sabrosos, me respondieron de nuevo.

– Entonces quise conocerlos y allí me enteré de que ya no existían, de que habían desaparecido hacía mucho tiempo.

Esas respuestas lo dejaron inquieto y por eso se fue a buscarlo en el vecino departamento. Le hizo seguimiento, consiguió la semilla y la sembró.

“El sector se sigue llamando El Mordoñal, pero ya habrá mordoños para justificar su nombre”, escribió en un reporte para BV News.

Esa persistencia ha llevado a que su esfuerzo y el de su familia sean valorados por autoridades ambientales como la Unidad Administrativa Especial de Parques Nacionales Naturales, el propio Ministerio de Ambiente y la Red de Reservas de la Sociedad Civil, de la que hace parte .

Del mismo modo el 6 de abril de 2010, la reserva fue exaltada por el Ministerio de Tecnologías de la Información y las Comunicaciones y la empresa 4-72, la agencia de correos del Estado, a través de la expedición de una estampilla conmemorativa con la imagen del ‘Príncipe de Arcabuco’, el colibrí que simboliza la restauración y la vida de este ecosistema.

“Es un visionario y su aporte es fundamental para las acciones que estamos desarrollando”, dijo el director general de Corpoboyacá, Miguel Arturo Rodríguez Monroy, al referirse a la contribución ambiental que la reserva ha hecho a la región.

Las acciones a las que se refiere el funcionario están relacionadas con el apoyo institucional brindado por la entidad a estos esfuerzos individuales. En este caso, la Corporación financió la señalización que permite a los visitantes guiarse para llegar a Rogitama.

En la valla ubicada sobre la vía que de Arcabuco conduce a Moniquirá puede leerse lo siguiente: Reserva Natural Rogitama Biodiversidad – Ecosistema: Robledal y bosque húmedo montano bajo. Altura: 2.485 – 2.562 m.s.n.m. Dificultad: Moderada.
La autoridad ambiental también avaló la firma de un convenio del cual hace parte la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia (UPTC) y que permitirá poner en marcha la construcción de un zoocriadero de mariposas.

Chavarro justifica el alcance del convenio con una afirmación contundente: “Los zoocriaderos son estrategias que ayudan a cumplir el séptimo de los objetivos de desarrollo del milenio: sostenibilidad del medio ambiente”.

Y el agua también volvió

Entrevistar a Roberto Chavarro no es fácil, y no porque sea complicado o una mala persona. Por el contrario, él y su esposa son excelentes anfitriones e inmejorables conversadores. Lo que sucede es que siempre tienen un oficio, algo pendiente y para charlar con él  hay que seguirlo. Allí está siempre alerta al crecimiento de ese arbusto nuevo que sembró, al despegue majestuoso de una mariposa o a los hilitos de agua que generosos bajan de la montaña después de un fuerte chaparrón. Él está en lo suyo, es un observador insaciable.

Sin embargo, y a pesar de que por momentos parezca distante o distraído, está solícito para atender a sus visitantes. Esa mañana de sábado quise que me contara un poco sobre la manera como Rogitama ha contribuido con el caudal del río Coconuba y de las quebradas que circundan su reserva.

Para hacerme ver el impacto de este bosque en el potencial hídrico de la región recurrió, como lo hace con frecuencia, a las anécdotas. En esta ocasión la protagonista era Odilia Puentes de López, una de sus vecinas. Los dos iban caminando a la altura del primer afluente que está próximo a su casa y Odilia exclamó sorprendida:

– Oiga pero acá no había agua hace 30 años, yo llevaba a beber a los animales más abajo.

Chavarro, con un gesto de falsa humildad y con algo de picaresca huilense, le respondió:

– Es que esa quebradita la hice yo.

Luego llegaron a otro arroyo más grande y Odilia de nuevo prorrumpió:

– Oiga, pero acá tampoco había agua…

Y Chavarro de nuevo contestó:

– Pues  esa también la hicimos nosotros.

Al cabo de unos minutos atravesaron otra pequeña corriente de agua y entonces ella preguntó:

– ¿Y esa quebrada también la hizo usted? y él le respondió con un sí, firme y contundente.

Cuando Odilia se fue a despedir le dijo:

– Oiga, yo quiero hacer unas quebraditas allá en la finca mía que falta el agua. ¿Cómo lo hago?

Él acudió a una copla del profesor Yarumo para aconsejarla:

– Allá arriba en aquel alto, donde nace la quebrada, había un bosque muy bonito y el agua nunca faltaba. Pero un hombre irresponsable taló el bosque y lo quemó, hoy no hay pájaros ni monte y el agua también faltó. El pueblo al verse sin agua matas de monte sembró, volvieron los pajaritos y el agua también volvió….

A pesar del asombro de su  vecina y de su ánimo para sembrar maticas y hacer quebradas en sus predios, todo se quedó ahí.

Y es que no es fácil, admite Chavarro, y tiene como demostrarlo. Lleva 30 años trabajando hombro a hombro junto a su esposa para hacer de este proyecto una realidad y a fe que lo han logrado.

Hoy Rogitama es considerado un modelo en materia de recuperación natural, tanto que hay quienes aseguran que ya puede ubicarse dentro de la categoría de jardín biológico dada la riqueza en materia de fauna y flora y su significativo aporte a la cuenca del río Cucunubá.

Además, y a pesar de su extensión, apenas 29 hectáreas, los expertos consultados concluyen que Rogitama incide positivamente en el corredor biológico conformado por los santuarios de fauna y flora de Iguaque y de Guanentá – Alto Río Fonce, entre los que también se localiza la Serranía del Peligro y el páramo Valle de los Ensueños.

Pero su contribución hidrológica no se ha cuantificado. La bióloga Laura Díaz Otálora es consciente de que faltan estrategias para medir el impacto de una reserva de la sociedad civil en pequeña escala.

Sin embargo, Ginette Tulcán, su esposa, tiene como demostrarlo, y para ello recuerda aquellos primeros días y los compara con el presente. “Cuando llegamos teníamos muchos problemas para darle agua al ganado, hoy tuvimos problemas por la alta concentración de humedad y nos vimos obligados a vender el ganado”.

Ella habla con orgullo del agua que baña toda la reserva. “Tenemos agua por todas partes. Hay un remanente de agua para mantener la humedad. El agua que baja de la montaña  es cristalina porque la capa vegetal está cubierta y el agua que baja no arrastra nada”.

Pablo Rodríguez Africano, docente de la UPTC y experto en la observación de aves, le resta importancia a las cifras y prefiere concluir el tema con una afirmación inobjetable: “Mientras haya agua, hay vida, se recupera el suelo, se recuperan las quebradas, los jagüeyes y los pequeños nacimientos”.

Al final no importa cuántos centímetros cúbicos de agua bajan de las pendientes de Rogitama, lo realmente significativo es la vida que florece en cada centímetro de tierra, en cada nido, en cada retoño, todo gracias al trabajo incansable y silencioso de los Chavarro Tulcán.

Lo que sí se sabe es que la restauración ha permitido el crecimiento de especies nativas, algunas en vías de extinción, y la presencia de 121 familias de aves, 103 de mariposas y otras tantas de insectos. A ello se suma, como lo reconocen las autoridades de Arcabuco, que pueden encontrarse ardillas, lechuzas, culebras, lagartos, batracios, toches, mirlos, búhos, mariposas y conejos, entre otros.

La administración de Arcabuco también valora el hecho de que los cauces y las cañadas se hayan protegido lo que contribuye a controlar la erosión y a que se concrete la oferta de servicios ambientales adicionales, como la captura de CO2 y la disminución del efecto invernadero.

Y aunque Odilia no siguió su ejemplo, sí lo han hecho algunos de sus vecinos, quienes están dejando árboles en los potreros y en las orillas de las quebradas.

El futuro de Rogitama Biodiversidad

Chavarro visiona a Rogitama como un palmar y espera que en 50 años, gracias a la riqueza biológica alcanzada, el sitio sea considerado como un paraíso de la biosfera, “un paraíso terrenal”.

“Eso no lo veremos y por eso algunas personas me preguntan que si no las voy a ver porque siembro palmas y yo les respondo que las palmas que me han motivado a contribuir con su preservación las sembraron personas que no las vieron adultas”.

Sin embargo, el futuro trasnocha a los Chavarro Tulcán, especialmente por los costos que conlleva el sostenimiento de la reserva.

Rogitama se financia con los ingresos que le reporta la presencia de visitantes, especialmente aquellos que arriban con el propósito de observar aves, sin embargo, y como su visita es esporádica, lo que se percibe por ese concepto es mínimo.
Cada turista paga en promedio 40 mil pesos diarios por los servicios de alojamiento, alimentación (que incluye desayuno, almuerzo y cena), refrigerio y guianza.

Ginette, que es tan activa como su marido, decidió, hace tres años, experimentar con la cría de conejos y hoy trescientos de estos peludos roedores se mueven gráciles entre sus jaulas a la espera del agua y del alimento. Ella los aguarda hasta que tengan la edad ideal para venderlos en restaurantes de Tunja.

Lo que rentan estos animales sirve también para financiar los gastos de la casa, aunque en ocasiones las cuentas no dan pues el valor del concentrado, de la gasolina para transportarlo y del obrero que ayuda en la conejera rebasan las sumas que pagan los compradores.
En alguna ocasión Aurelio Ramos, directivo de The Nature Conservancy, le planteó un escenario futuro pero inquietante:

“Magnífico trabajo de recuperación y de conservación el que han realizado, pero… ¿tendrá sostenibilidad cuando ustedes se mueran?”.

Chavarro confiesa que en su momento sus palabras lo dejaron mudo, no tuvo una respuesta inmediata, sin embargo, y al advertir que había incertidumbre en su silencio, Ramos le aconsejó que pensara en el ecoturismo como alternativa para financiar el presente y el futuro de la reserva.

“Las  áreas conservadas son destinos atractivos para el ecoturismo y esta es una actividad económica rentable, estimula la necesidad de conservar. El ecoturismo puede asegurar el futuro de Rogitama”, dijo de manera concluyente el experto.

Su  recomendación fue seguida al pie de la letra y la reserva cuenta en la actualidad con 12 habitaciones dotadas de camarotes y baños para hospedar a los ecoturistas. Hoy, y gracias al esfuerzo familiar y a los consejos de amigos como Ramos, Rogitama aparece recomendada en varias guías virtuales como ecoturismolatino.com y deturismoporcolombia.com

En una de esas páginas Chavarro escribió: “El turismo sostenible que se ofrece en Rogitama Biodiversidad es especializado, dirigido, responsable, racional, participativo, respetuoso de la cultura y del medio ambiente, con total equilibrio entre los aspectos sociales, económicos y ambientales y tiene la finalidad de contribuir a la recuperación y conservación de nuestros bosques”.

Roberto y Ginette son conscientes de la contribución que han hecho al mejoramiento de las condiciones ambientales de esta provincia, la del Alto Ricaurte, gracias a su empeño el agua ha bajado de nuevo desde la montaña. Su sacrificio también significó el regreso del Inca Negro (Coeligena prunellei), el colibrí de charreteras azules al que cariñosamente bautizaron como ‘Príncipe de Arcabuco’.

Ellos, como lo dice Yarumo, son ejemplo de ese pueblo que al verse sin agua matas de monte sembró, volvieron los pajaritos y el agua también volvió….

Al final y evocando al poeta moniquireño Jairo Anibal Niño, Chavarro podría dedicarle a su esposa el poema titulado El día de tu santo:

El día de tu santo te hicieron regalos muy valiosos:
Un perfume extranjero, una sortija,
un lapicero de oro, unos patines,
unos tenis Nike y una bicicleta.

Yo solamente te pude traer,
en una caja antigua de color rapé,
un montón de semillas de naranjo,
de pino, de cedro, de araucaria,
de bellísima, de caobo y de amarillo.

Esas semillas son pacientes
y esperan  su lugar y su tiempo.

Yo no tenía dinero para comprarte algo lujoso.

Yo simplemente quise regalarte un bosque.

Por Germán García Barrera
Twitter: @gegarba
Glosario:
•    Quercus humboldtii: nombre científico con el que se denomina al roble andino o colombiano.
•    Coeligena prunellei: nombre científico del Inca Negro, un colibrí conocido en la región como ‘El Príncipe de Arcabuco’.
•    Pinus pátula: nombre científico de una especie de pino introducido cuyo follaje contribuyó con la recuperación del suelo deteriorado.
•    Acacia melanoxilum, Acacia mearcy, Acacia decurrens y Acacia mollisima, nombres científicos de varias especies de acacia.
•    Pinares: Plantación de pinos

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