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Lombricultura y quinua orgánica, la esperanza de familias campesinas de Monguí

Joaquín y su hija Viviana durante una jornada de trabajo en los cajones que les sirven de cama a las lombrices rojas californianas.

Joaquín Dueñas Hernández vive y muere por las lombrices que le dan de comer. Todas las mañanas pasa revista a cada uno de los cajones  de madera en donde están confinados cientos de gusanos rojizos que con sus  excrementos renuevan la fertilidad de la tierra.

Son lombrices rojas californianas que él y sus vecinos de las veredas Duzgua y Pericos, del municipio de Monguí, ‘cultivan’ desde el 2009 como parte de un proyecto comunitario que le dio vida a la Asociación de Productores Agropecuarios de Los Tobaquías – Agrotoba –, con la cual pretenden combatir la pobreza en el sector.

La asociación tomó su nombre de un paraje conocido como Los Tobaquías que se localiza en la vereda Duzgua, a cinco minutos del casco urbano. Allí se gestó la iniciativa que agremia a 21 familias y que en tres años han pasado las duras y las maduras.

Es una zona caracterizada por la lozanía de la campiña boyacense que se proyecta en ondulaciones irregulares hacia arriba o hacia abajo, dependiendo desde donde se aprecie el paisaje. Sobre este verde y fresco tapiz, que adquiere caprichosamente variadas tonalidades, se levantan al menos 30 casas del campo, con sus cementeras, sus jardines y de sus chimeneas artesanales.

En la fotografía Joaquín Dueñas en compañía de Martha Alarcón, Alicia, su esposa; y Viviana, su hija.

La aventura comenzó una tarde de enero cuando Joaquín les propuso a sus vecinos trabajar en convite y para ello buscó la asesoría de Viviana Dueñas Urrutia, su hija, graduada de ingeniera agrónoma en la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia – UPTC.

Él sabía que los conocimientos adquiridos por Viviana podrían aportar de manera importante al sueño de estas familias que estaban decididas a labrar su propio futuro. Entre charla y charla consideraron varias posibilidades como la siembra de hortalizas o la compra de unas vacas lecheras, sin embargo, surgieron los peros: pero que cuánto hay que invertir, pero de dónde vamos a sacar la plata, pero….

Finalmente, y con el acompañamiento de la Unidad Municipal de Asistencia Técnica – Umata – de Monguí, de la cual Viviana hacía parte durante la administración del ex alcalde Víctor Hugo Siabato, concluyeron que una opción económica y rentable era lombricultura, una práctica que consiste en criar lombrices rojas californianas y obtener de ellas lo que en términos técnicos se conoce como lombricompuesto.

El proceso es sencillo: las lombrices se alimentan de residuos vegetales, desechos de cocina o estiércol de ganado y luego de procesarlos en su complejo sistema digestivo, su excremento se transforma en humus, un material que propicia la fertilidad del suelo.

El terreno estaba abonado para la lombricultura: el material vegetal salía de sus cocinas y de sus parcelas; las vacas eran generosas, muy generosas con la producción del cagajón; y con la obtención del humus podría llegar el dinero para mejorar su calidad de vida.

Cientos de lombrices se encargan de digerir el material vegetal y el excremento de res que luego se transformará en el humus utilizado para fertilizar los cultivos.

Justo cuando se decidieron por esa opción apareció Salvatierra, una empresa dedicada a la comercialización de material orgánico. Su propuesta era interesante y por eso acordaron trabajar juntos, pero sólo se amañaron seis meses. Surgieron diferencias irreconciliables y la situación generó que algunos miembros de Agrotoba desistieran del proyecto.

Dieciséis de ellos decidieron, de manera independiente, jugársela por las lombrices. Al fin y al cabo ya habían destinado, en promedio, 850 mil pesos y una parte de esos recursos ($250.000.oo) fueron aportados por la administración del ex alcalde Siabato Cáceres.

“Hoy la situación ha mejorado porque tenemos un trabajo, se ha integrado la comunidad y la sociedad ya nos reconoce como asociación”, asegura Joaquín, mientras de reojo busca la aprobación de Alicia, su esposa; y de Viviana, aliadas incondicionales en este proyecto. Ellas, en silencio, pero con un gesto complaciente, le dan el visto bueno a su declaración.

Ver a Joaquín es como estar frente al profesor Yarumo. Al igual que el inolvidable personaje de la televisión, tiene su vitalidad, su alegría y su amor por las tareas agropecuarias. Su mirada es franca y cálida y a sus 50 años las canas empiezan a teñir su cabello castaño y su poblado bigote.

Sus vecinos son como él, gente del campo y trabajadora, hombres y mujeres que por su generosidad son gente buena, así  y nada más, y quizá por eso Viviana se toma su tiempo para mencionarlos con aprecio: Martha Inés, María Alicia, la vecina Ema, Javier, Sandra, José Humberto, Rosa Cipagauta, Joaquín Gómez, Aura María, Inés, don Gustavo, Carlos, don Luis, Rosa Hurtado, Fernando, Nelson, Ismenia, Mario y la tía Gilma.

La última fase del proceso es la cernida del humus para asegurar que el producto final no lleve terrones.

Martha Alarcón también hace parte del grupo y estima oportuno referirse a lo que ella considera es una clave del éxito de Agrotoba: la selección en la fuente. Sin los residuos orgánicos que cuidadosamente son separados en las cocinas de Monguí, ella y sus compañeros no podrían disponer de la materia prima para la obtención del lombricompuesto.

Este proceso de disposición adecuada de los desechos biodegradables, surgido en 2009 de un acuerdo entre el municipio y la Fundación de Asesorías para el Sector Rural – Fundases –, de la  Corporación Minuto de Dios, evitó que 20 toneladas mensuales del material vegetal terminaran en el relleno sanitario de Sogamoso. Hoy, gracias a un convenio entre Agrotoba y la alcaldía de Monguí, los restos orgánicos son aprovechados por los labriegos que le apostaron a la lombricultura.

De acuerdo con sus cálculos, trimestralmente están produciendo 15 toneladas de humus de primera calidad que pese a sus bondades tiene problemas para distribuirse en el mercado. Ese es uno de sus principales escollos.

“Tenemos la tierra, tenemos la semilla, producimos el humus pero no hemos logrado comercializarlo”,  confiesa Joaquín mientras toma en sus manos una manotada del abono natural que almacena en lo que antes era un gallinero, ubicado en el traspatio de su casa.

De  la producción total de humus, el 30 por ciento se vende a agricultores locales y a viveristas de Duitama y Sogamoso. El 70 por ciento restante espera el momento apropiado para fertilizar la tierra, recuperar suelos  deteriorados y producir comida limpia. Esa es la ilusión de estas  familias que además son conscientes de su aporte a la conservación del planeta.

Pero su ambición es aún mayor. Superada la frustración de aquella primera sociedad con Salvatierra, desde 2011 se vincularon con Agrosolidaria, una organización nacional que integra a pequeños productores agroecológicos y con la cual esperan producir quinua orgánica de exportación para venderla en el exigente mercado canadiense.

El futuro se ofrece halagüeño y ellos sólo confían en que, por fin, el viento sople a su favor.

Por Germán García Barrera
Twitter: @gegarba

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